Situado entre la Praça do Príncipe Real y la Baixa está el último bar y el último bohemio, pero también la sede del colectivo Que se Lixe a Troika, organización que puso al país entero boca arriba hace unos meses a base de multitudinarias manifestaciones.
Hay tiendas recientes y viejas tascas o casas de comidas en las que siempre hay más camareros que clientes y donde saben diez maneras distintas de cocinar el bacalao. Hay bares casi íntimos, cafés medio literarios donde uno podía hasta hace poco encontrarse a Tabucchi o, incluso, al mismísimo Pereira. Los vendedores en las tiendas aseguran que la mayoría de los clientes son turistas. Pero también lo es que por la noche el Bairro Alto revive por los lisboetas.
Las calles son estrechas, empinadas, y si uno se descuida bajando acaba en el Tajo. Y si se descuida subiendo lo más seguro es que acabe en uno de esos miradores encantados desde los que se contempla toda la ciudad.
Situado en plena ruta del histórico y turístico tranvía 28, el Café Nata es la manera moderna de degustar una vieja tradición portuguesa: los pasteles de nata. CALÇADA DO COMBRO, 18. También tiene licores típicamente portugueses y, como todos los establecimientos lisboetas, un buen café concentrado servido en tazas minúsculas. El lema del local es sintomático: “El mundo necesita crema”.
La Feira da Ladra, literalmente, mercado de la ladrona. El origen del nombre viene del lugar en el que se vendía (¿se vende?) la mercancía robada. Es el mercado de viejo que toda ciudad con historia mantiene. Encaramado en el corazón de la Alfama, en las callejuelas que trepan hacia el castillo de San Jorge. Callecitas torturadas por una pendiente descomunal y rúas que serpentean a lo largo de casas que parece que tienen la misma camiseta tendida desde los años setenta.
Más de siete kilómetros de caminata de paseo por la ribera desde la plaza del Terreiro do Paço hasta Belem. En ellos hay puertos deportivos, puertos normales, restaurantes, edificios municipales, bares, paseos, pistas de pádel y naves industriales —muchas vacías— que guardan el encanto portuario de hace años. Al fondo, el perfil rojo del puente 25 de Abril.
El quiosco, enclavado en una esquina de la PRAÇA DO PRÍNCIPE REALy del jardín, sirve de epicentro del Bairro Alto, y se convierte en un inevitable punto de encuentro para las oleadas de jóvenes que desde aquí se toman la primera, sentados o de pie, y se desperdigan después hacia los bares y locales de la zona. Abierto por la mañana, es la excusa perfecta para un café solo y tranquilo.
PENSÃO AMOR,
RUA DO ALECRIM, 19 es un sitio original. Un antiguo y señorial piso del siglo XVIII que en tiempos albergó un prostíbulo marinero que funcionaba con una quincena de habitaciones. A un paso del río. Ahora, rehabilitado como bar y espacio para eventos y presentaciones, todo en la decoración recuerda al sexo. Grabados eróticos en las paredes, frescos en los techos, estatuas en las esquinas. Los muebles (las sillas, las mesas, los sofás, los tapizados) destilan cierto aroma a burdel de cierto empaque. En una de las salas, iluminada con luz cruda, luce de forma chocante la cabeza coronada de una cornamenta de un ciervo macho de gran tamaño. Cierra muy tarde. Pero no todo es sexo: las caipiriñas, por ejemplo, también están muy buenas.
El Orpheu Caffé está en un esquinazo de la Praça do Príncipe Real. El brunch de los domingos dicen que es bueno. En los días laborables hay ensaladas y tartas. Tiene un aire anglosajón muy del gusto de los lisboetas. Un lugar ideal para leer una novela o ponerse a escribir una si se tiene tiempo.
RESTAURANTE POVOLISBOA, RUA NOVA DO CARVALHO, 32. Casi al pie del río ya, en plena zona de la marcha nocturna, este restaurante bar, moderno-antiguo, ofrece algo muy portugués: los petiscos. Pida aquí los caracoles, la ensalada de pulpo o las pataniscas de bacalao. Abierto hasta las cuatro de la mañana. También hay algunas noches determinadas conciertos de fadistas buenos, pero desconocidos, a los que, con el tiempo, el local les edita el primer CD de su carrera.
A un paso del PovoLisboa, otro concepto: un lugar pequeñajo, con algunas mesas en la acera y con el interior decorado con aparejos y útiles de pesca. Anzuelos, cañas, redes, impermeables, capuchas de plástico como el del anuncio de Pescanova y grabados de veleros llenando las paredes. Y latas: cientos de latas de conserva apiladas como en un almacén en las estanterías, a la vista de la clientela. Latas de atún, de sardinas, de melva… La especialidad de la casa, según avisa la carta, es latosta con pescado en lata. RESTURANTE SOL E PESCA, RUA NOVA DE CARVALHO, 30.